Teletrabajo



Francisco Ortiz Chaparro

1 de agosto de 2007
TELETRABAJO, ¿PARA QUÉ?

Se podría decir que el teletrabajo tiene un “por qué” y muchos “para qué”. El por qué del teletrabajo es muy simple: se puede teletrabajar porque la tecnología permite desarrollar cada vez más tareas a distancia. Pero, ¿para qué teletrabajar?

Hay multitud de razones para teletrabrajar. Las empresas se suman al teletrabajo para reducir costes de edificios en propiedad o en alquiler, de calefacción o aire acondicionado, luz, limpieza… Para obtener plusvalías con la venta de sus inmuebles en grandes ciudades o en momentos alcistas de los mercados inmobiliarios. Para retener a profesionales valiosos. Para decidirse a implantar, en muchos casos, unos métodos de gestión más racionales y productivos, mediante la “venta”, a staff y sindicatos, de una operación innovadora, de reducción de “grasa”. Métodos de “lean production”, en definitiva.

A su vez, los expertos en medio ambiente y en desarrollo sostenible, nos señalan que el teletrabajo no sólo es útil, sino necesario para evitar millones y millones de viajes diarios a los centros de trabajo, con sus costes en carburantes, autos, infraestructuras, contaminación atmosférica, horas perdidas.

Quienes se ocupan de la conformación del territorio nos hablan de que el teletrabajo puede permitir una distribución más racional de las poblaciones. De que puede paliar muchísimos de los inconvenientes de las grandes aglomeraciones urbanas. De que las personas pueden vivir en mayor contacto con la naturaleza y recuperar actividades que se habían perdido.

Los sociólogos urbanos estudian los efectos que el teletrabajo puede tener sobre los grupos y los barrios urbanos, sobre el cambio de las fuentes de socialización desde el lugar del trabajo al de la vivienda y el ocio. De las posibilidades de renacimiento de los pueblos, al permitir el teletrabajo retener in situ a la población, fundamentalmente la más joven.

Los sociólogos de la familia se ocupan de la influencia del teletrabajo en la vida familiar, en la relación mutua de los esposos y de los padres con los hijos, en las posibilidades de los cambios en la educación de estos, en la influencia en el clima familiar y en las tasas de divorcio. Apenas si hay algún estudio que pueda considerarse definitivo sobre este asunto, pero la cada vez mayor población de teletrabajadores y el tiempo transcurrido desde que apareciese esta modalidad de trabajo tienen que fructificar un día, más bien cercano, en una aportación científica de porte.

Por lo demás, no es este aspecto el único que precisa de una mayor aportación digna de fiar. Por suerte, o desgracia, quedan aún muchos ángulos no suficientemente iluminados en el fenómeno del teletrabajo Pensemos, por ejemplo, que la carencia de una legislación específica va convirtiéndose en mal endémico en todas aquellas sociedades donde se implanta esta modalidad. Y decimos por suerte o desgracia porque la libertad derivada de la ausencia de corsés normativos (y no digamos burocráticos) quizás haya contribuido en grado no menor al desarrollo de una modalidad laboral que, en principio, no contaba con grandes simpatías en un mundo en el que todo se hacía de manera distinta. Un mundo en el que las empresas estaban materialmente tomadas por unos cuadros que no siempre contribuían a engrasar su engranaje. Dicho esto, entiéndase que consideramos inadmisible que esta libertad se pretenda aprovechar por algunos en detrimento de los derechos de los teletrabajadores (y de aquí que hayamos dicho “por desgracia” en paralelo a “por suerte”).

El teletrabajo, nos dicen otros expertos, ayuda a combatir el desempleo. Para ello se basan en el incremento de productividad de las empresas que lo adoptan, pero también en la decisiva reducción de los capitales necesarios para poner en actividad una nueva firma: se puede llevar una empresa desde el propio domicilio con la sola inversión, escasa, en informática y telecomunicaciones. Y es un granero generoso de trabajo autónomo.

Las autoridades nacionales, por su parte, no se suelen pronunciar abiertamente sobre las ventajas del teletrabajo, pero muchas administraciones públicas lo adoptan y la comunidad, en general, se beneficia de sus aportaciones. El e-gobierno, en todas sus manifestaciones y a todos los niveles administrativos, no es sólo una fuente de beneficios para los administrados, sino que contribuye en grado importantísimo a la incorporación de los pueblos a la llamada sociedad de la información, requisito que se considera unánimemente imprescindible para la prosperidad.

Muchos más ejemplos podríamos proponer sobre los “para qué” del teletrabajo. Sin embargo, en mi modesta opinión, el auténtico “para qué” hay que buscarlo en el individuo. El individuo que teletrabaja tiene unas sensaciones que no las puede tener el que se atiene al horario de una empresa y a la monitorización presencial. La gran mayoría de los teletrabajadores con que nos hemos entrevistado nos han confesado sentirse siempre más libres, más dueños de su trabajo (aunque lo realicen por cuenta ajena), más realizados íntimamente. Estas opiniones son muy dignas de consideración por cuanto que ninguno de esos teletrabajadores ha omitido nunca hablar de los inconvenientes que también perciben. Enumerarlos nos llevaría a una disquisición más amplia de la efectuada hasta aquí, pero eso no significa que deban obviarse.

Pero, a la larga, se acaban imponiendo siempre las primeras consideraciones. Se trabaja para tener eso: mayor libertad, mayor comodidad, más tiempo para dedicarlos a los propios placeres físicos o intelectuales, para prestar más atención a los seres queridos, para experimentar una mayor conciencia de la propia actividad, una mayor satisfacción por la obra efectuada, un mayor sentido de la propiedad del fruto del trabajo, para sentirse más realizado.

Se teletrabaja, en definitiva, “para” ser más persona.


Francisco Ortiz Chaparro
Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas, ex profesor de Política Económica en el ITEP, de Madrid, especializado en el estudio y promoción social de las Tecnologías de la Información y Comunicación, campo en el que ha sido pionero en España, desde la Fundación Fundesco. Autor de numerosas publicaciones, ha impartido cursos de teletrabajo en más de 12 universidades de España y América Latina. Ha sido Presidente de la Asociación Española de Telecentros y es Vicepresidente del Foro Europeo de Teletrabajo.

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