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Hernán Galperin
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| 1
de mayo del 2009
Brecha digital y desarrollo:
mitos y realidades
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Los retos clave de los países en desarrollo no son la falta de ordenadores ni de conexiones a Internet sino
la pobreza, la desigualdad o las carencias del sistema educativo, por nombrar algunos ejemplos. Aún así,
en la medida en que ayudan a afrontar estos desafíos, la inversión en TIC y su adopción pueden jugar un
papel fundamental en los procesos de desarrollo de estas regiones.
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Introducción
A comienzos de los años 60, la productividad del sector agrícola en los países desarrolla-
dos era muy superior a la de los países en desarrollo. Según los expertos, la diferencia clave
estaba en la tasa de utilización de tractores en el cultivo de la tierra. Hacia 1961 había un
tractor por cada 47 hectáreas cultivadas en los países ricos, mientras que en los países en
desarrollo el promedio era de un tractor por cada 900 hectáreas. Parecía evidente que el
principal desafío para estos era acelerar la mecanización de la agricultura, a partir de la cual
aumentaría la productividad agrícola, se desarrollarían nuevos productos y mercados y se
reduciría la pobreza rural.
Entre los años 60 y comienzos de los 80 se pusieron en marcha grandes proyectos de me-
canización de la agricultura en los países en desarrollo mediante donaciones y préstamos
en condiciones preferenciales. Sin embargo, los resultados fueron decepcionantes. En mu-
chos casos, el uso de tractores tenía un efecto prácticamente nulo sobre el rendimiento de
la tierra. La combinación de pequeñas parcelas, mano de obra barata y terrenos no aptos
reducía los incentivos para la mecanización, mientras que los mercados complementarios
(por ejemplo, para el mantenimiento de los tractores) eran prácticamente inexistentes. La
principal lección de estos fallidos proyectos fue clara: no existe una rápida solución tecno-
lógica al complejo problema de la pobreza rural.
Una década después, a principios de los años 90, los ordenadores e Internet reemplaza-
ron a los tractores en la agenda de tecnologías para el desarrollo. El razonamiento que
sustentaba el nuevo ‘tecno-optimismo’, en líneas generales, era el siguiente: la economía
mundial ha entrado en una nueva etapa de mercados globalizados, cambio tecnológico
disruptivo y crecimiento sostenido por la acumulación de conocimiento y la capacidad
de innovación. Sin embargo, el mundo en desarrollo está mal preparado para enfrentarse
a estos nuevos desafíos, ya que sus ciudadanos y organizaciones carecen de las he-
rramientas para acceder y manipular conocimiento, factor clave de la prosperidad en la
llamada ‘Nueva Economía’.
No faltaban las cifras para corroborar este diagnóstico: hacia 1992 los países de la
OCDE tenían 14 ordenadores personales por cada 100 habitantes, mientras que el
promedio de los países más pobres era de 0,12 por cada 100 habitantes. Estas diferencias en la tasa de difusión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) cimientan un nuevo consenso sobre la urgente necesidad de acortar las
distancias entre los países ricos y pobres en las inversiones y adopción de servicios
asociados a las TIC. A la par del boom de las ‘punto com’ de los años 90, proliferan
las iniciativas públicas y privadas para cerrar la llamada brecha digital. Ya nadie parecía recordar la triste imagen de los tractores apilados en los cementerios de chatarra de una década atrás. El rol de las TIC en el proceso de desarrollo.
Los desafíos clave de América Latina y el resto de las regiones en desarrollo no son
la falta de ordenadores ni de conexiones a Internet, sino la pobreza, la desigualdad, la
mortalidad infantil, la falta de agua potable y de infraestructura sanitaria, las múltiples
carencias del sistema educativo, los mercados ineficientes y la debilidad institu-
cional, por nombrar algunos de una larga lista. En la medida en que las inversiones
asociadas a las TIC ayuden a afrontar estos desafíos de manera eficiente, la brecha di
gital es relevante para los países emergentes. Diversos estudios recientes demuestran que, bajo circunstancias adecuadas, la
adopción de las TIC puede mejorar el funcionamiento de los mercados, incrementar
la productividad de las empresas, facilitar el suministro de servicios públicos, promover la transparencia en la gestión pública
y fortalecer el capital social. Sin embargo, identificar la combinación propicia de tecnología e insumos complementarios bajo
diferentes circunstancias y para diferentes objetivos de desarrollo no es trivial. Prueba de ello son las altas tasas de fracaso y el escaso impacto de muchos proyectos TIC para el desarrollo.
Uno de los ejemplos es el de los centros de acceso público a Internet (los llamados telecentros). Durante los años 90, gobiernos
y donantes internacionales financiaron numerosos proyectos para extender el uso de Internet a zonas marginales a través de telecentros. Si bien es posible identificar algunos casos de éxito (por ejemplo el programa
‘Biblioredes en Chile’), pocos han demostrado impacto y sostenibilidad en el tiempo. El
caso de Argentina es característico: en 1998, el gobierno anunció la instalación de 1.300
telecentros en todo el país. Tres años más tarde, menos de la mitad seguían operando.
La crisis económica y política de 2001 fue ciertamente un factor mitigante del fracaso
del proyecto, pero sin embargo no impidió la proliferación de cibercafés (en esencia,
telecentros que operan sin subsidio estatal) en Argentina y otros países de de la región
(sólo en México existen hoy alrededor de 50.000). De hecho, la gran mayoría de los latinoamericanos nunca ha pisado un telecentro,
en parte porque han estado más centrados en la compra de teléfonos móviles: entre
2002 y 2007 prácticamente se cuadruplicó el número de suscriptores al servicio.
Varios estudios recientes muestran el significativo impacto que ha tenido la masiva
difusión del teléfono móvil sobre: el crecimiento económico agregado, la productividad de los trabajadores y microempresas
del sector primario y el funcionamiento de los mercados de trabajo informal y la formación de capital social.
El ejemplo de la telefonía móvil resalta dos aspectos clave sobre el rol de las TIC en el
proceso de desarrollo:
1. El principal papel del estado sigue siendo el de promover la competencia y la innovación, aunque sin desatender posibles
fallas de mercado, que pueden ser numerosas en una industria caracterizada por altos costes de entrada y múltiples externalidades (de ahí la continua importancia de agencias reguladoras independientes y profesionalizadas). Vale reiterar la fallida inversión en telecentros de los años 90
financiada, en parte, mediante altos impuestos al servicio que realmente utilizan los pobres: la telefonía móvil.
2. Junto a las inversiones en tecnología, inversiones complementarias para aumentar las capacidades de absorción de las organizaciones y el stock de destrezas de los potenciales usuarios son fundamentales. Los proyectos TIC para el desarrollo mejor sucedidos son aquellos
que combinan tecnologías apropiadas con entrenamiento, y que están articulados con objetivos de desarrollo bien
especificados (brindar a los estudiantes acceso a bibliotecas digitales, reducir los trámites para la obtención de títulos de
propiedad, mitigar asimetrías de información en los mercados agrícolas, etc.).
¿Cuál es la verdadera dimensión de la brecha digital?
La respuesta a esta pregunta depende de
dónde se mire y cómo. En general, durante la última década se han acortado las distancias entre países ricos y pobres en términos de la
participación en el agregado global de usuarios de las TIC, así como en el stock mundial de infraestructura. A modo de ejemplo, entre
2000 y 2008 los latinoamericanos han duplicado su participación en el total de usuarios de Internet de un 5% a un 10% aproximada
mente. Sin embargo, si se considera la tasa de adopción por habitante o empresa en cada país la situación es diferente. Para este
análisis, comparar la evolución de la brecha digital y la brecha de ingresos resulta clave, ya que toda la literatura muestra una fuerte
asociación entre adopción de tecnología e ingreso per cápita.
A grandes rasgos, el habitante promedio de un país desarrollado tiene ingresos ocho vehumano. Aumentar el stock de estos activos intangibles es fundamental para crear mercados viables y promover la absorción efectiva de las TIC. Los tractores son caros pero a la vez relativamente fáciles de
utilizar. En contraste, una vez desplegada la infraestructura de red, las TIC resultan relativamente baratas, y cada vez hay más
información y servicios gratuitos disponibles para los ciudadanos y empresas conectadas a la Red.
América Latina se encuentra bien posicionada para apalancar sus ventajas comparativas (una población joven, tasas relativamente altas de escolarización a nivel terciario, y una importante tradición de investigación científica, por citar algunas)
con el fin de alcanzar metas de desarrollo mediante inversiones eficientes en TIC.
El principal desafío es lograr los acuerdos institucionales a largo plazo que permiten seguir esta prometedora trayectoria de
crecimiento. ces mayores que el de un país en desarrollo, y esta brecha ha venido creciendo desde los años 90.
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