Experiencias

Por Lic. María Esther Antezana
licantezana@ciudad.com.ar

1 de octubre de 2004
Una experiencia en Teletrabajo
Corría el año 2001 y una editorial publicaba un aviso solicitando docentes de polimodal para distintas áreas, inclusive ciencias sociales.

La carta cayó tan bien que en un par de meses me llamó su editora pedagógica para ver si aceptaba la propuesta de trabajar escribiendo artículos para una revista que se dedicaba a la capacitación de docentes de nivel medio, en el tema puntual de recursos humanos ya que no contaban con personal para elaborar proyectos y columnas sobre esa temática.

Yo pretendía que del otro lado me otorgaran una entrevista para conocernos cara a cara, pero no, no fue así, y la editora me dijo que aquella carta la había movilizado, y si estaba dispuesta a escribir un artículo, ella lo leería y de acuerdo a su evaluación se aprobaría para que salga publicado.

Su idea era integrarme al nuevo staff de docentes columnistas.
Me proponía mantenernos informadas vía correo electrónico, teléfono y celular y conectadas por estas tres vías de ser aprobado, saldría publicado.

Así que ni lerda ni perezosa me puse a elaborar mi primer artículo, para dicha revista. Recuerdo de el primero lo titulé “Que deberían saber los jóvenes para trabajar”, lo armé con material teórico y reflexiones para que fueran trabajadas por el docente en una clase con metodologías dinámicas.

Tan bueno fue el resultado que se me informó que a partir de ese momento me iba a llegar vía mail, las fechas de entrega para la confección de los próximos artículos, con fecha de cierre y si en algún mes no elaboraba ningún trabajo, simplemente no pasaba nada, ese mes no habría cheque pues no hubo producción, así de simple.

Les cuento que no tenía la remota idea como se trabaja en ese rubro y cuales son los tiempos, pero me adapté enseguida y lo pude manejar perfectamente con mis otras actividades, tanto coordinando el área de capacitación de un organismo público y las funciones de adjunta de dos cátedras en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. El tiempo lo manejaba yo, tenía prácticamente 20 días para el armado del artículo y en el caso de no poder por diversas razones, simplemente avisaba por mail que no tenía nada para enviar ese mes.

Quiero aclarar que, hasta el monto de $80/60 pesos que pactamos por cada artículo se arregló vía Internet. El único momento en que me conectaba con alguien de la editorial telefónicamente, era cuando me informaban por mail que estaba el cheque listo para su retiro y posterior cobro.

No era esto una maravilla? Realmente disponía de un dinero extra, haciendo aquello que a uno le gusta, escribir dentro de un marco teórico y acompañar con experiencias personales diarias que enriquecían el resultado.

Nunca supe que eso tenía un nombre: TELETRABAJAR, hasta que por casualidad me enteré un domingo por Diario Clarín del funcionamiento del Centro de Teletrabajo y Teleformación en la Facultad de Sociales de la UBA. Ahí recién tomé conciencia que ese “trabajito” estaba dentro de la modalidad de teletrabajar. Porque el equipo de trabajo era una PC con conexión a Internet, la propuesta era la elaboración de un producto/servicio determinado en tiempo y forma, con tiempos de entrega predeterminados, el envío del mismo era por modem, hubo tiempos de esperas y momentos de correcciones y por último la llegada del mail de aviso de cobro.

Todo fue bien hasta que empezaron en ese año los problemas con la industria del papel, éste se encareció por la importación y el tipo de calidad y esto llevó a muchos docentes suscriptores a dejar de comprar ó dar la baja de suscripción a la revista Aula Abierta de la Editorial La Obra de quien estamos hablando, y de esta forma con un total de nueve artículos presentados, he tenido la suerte de cobrar solamente tres.
He manifestado a la empresa mi interés en seguir con la labor que realizaba pero sin suerte, a pesar de demostrar que aquello era “teletrabajo” y que era prioritario abonar lo producido, publicado y adeudado. Estábamos hablando del monto pactado, sin contar gastos por el mantenimiento de los recursos necesarios para efectuar la tarea, o sea de un servidor, con conexiones más periódicas y envíos más pesados, con imágenes, gráficos y demás.

Realmente, cuando estuve en el Ministerio de trabajo, y expuso el Dr. Vittorio Di Martino, con la presencia de la Dra. Viviana Díaz, que trabaja en la Comisión de Teletrabajo de ese organismo, me decía a misma, que de haberse tenido un marco regulatorio del teletrabajo y conocido un poco más sobre esa modalidad en ese momento, la respuesta quizás de un abogado hubiera sido otra.

Por aquel entonces, mi labor al no cumplir horario, no fichar, no estar registrada como empleada de la editorial y a pesar de demostrar mi participación con certificados que me entregaron como columnista de la editorial, no servían a los fines de futuros juicios por reclamos salariales y menos aún, porque no era todavía un trabajo formal comprendido dentro de la LCT; otros abogados mencionaron que esta problemática correspondía al Código Civil y no laboral; afortunadamente, para dar un cierre positivo al presente artículo, ésta actividad es creciente en los días de hoy y está tomando lentamente los respaldos jurídicos necesarios para un mejor y claro funcionamiento en toda la comunidad de teletrabajadores.

Lic. María Esther Antezana
Lic. en Relaciones Públicas-Relaciones Laborales-Análisis Organizacional.
Asesora en Recursos Humanos.
Instructora de Capacitación Empresarial y Comunitari.a
Adjunta Cátedras: “Empleo” y “Capacitación y Desarrollo” Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
www.unlz.edu.ar/catedras
capacitacionydesarrollo@argentina.com

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