Editorial

La inclusión como valor social

Más preguntas que respuestas y una reflexión que nos debemos... o una decisión?


[1ro. de Noviembre de 2009] Aunque hay controversias epistemológicas no se puede poner en duda que los sistemas de valores constituyen la esencia de todas las culturas.

Desde un punto de vista subjetivo, cuando creamos valor sentimos como un golpe al corazón, al centro de nuestra vida, que nos dice que en ese preciso momento algo cambió dentro de nosotros.

Por el contrario, si podemos leer algo, estar con gente diferente, hablar de algo interesante, e irnos como llegamos, como si no hubiera pasado nada; eso sucede simplemente porque no creamos valor.

Los teóricos no se ponen de acuerdo en como explicar el valor subjetivo, si se produce como resultado del placer, del interés o del deseo. Pero tal vez la verdad de toda esta conceptualización pasa simplemente por el sentir subjetivo que marca nuestra conciencia y nos hace cambiar, nos hace sentir mejores personas, tomar conciencia de algo de lo que antes no éramos conscientes.

Desde el punto de vista de los objetos, objetividad axiológica, es interesante ver como algunos autores (Haiddar, 1994) explican que éstos, no tienen un valor en si mismos sino por la interacción con las personas. Un auto, un cargo, una institución no son más que soportes de valores sociales. Por consiguientes, no solo varían de persona a persona sino también según el tipo de sociedad que se trate. Por supuesto, pueden ser valores positivos o negativos. La puja entre ellos determinará los caminos que optan por recorrer los individuos y las sociedades, una fuerza directriz que establecerá un estilo de vida, una característica sociológica.

Entonces cuando un grupo de personas convergen y coinciden su interés y apreciación, en determinados valores en relación a un objeto o soporte, podemos hablar de un valor social (Radcliffe-Brown). Así, encontramos valores económicos, valores políticos, valores religiosos, valores éticos, valores morales, etc.

Los valores orientan y muestran las conductas sociales, y pueden explicar sus cambios.
Ahora bien ¿cómo se construye un valor social? ¿cómo logramos que la inclusión sea un valor social? ¿cómo haremos para pasar de la retórica a la acción y al cambio?

Es indudable que el capitalismo y en especial el empleo han mostrado con gran énfasis sus características exclusógenas a partir de la década de los 80. Momento en el cual, el término inclusión es utilizado más ampliamente.

Anteriormente hablábamos de pobreza o de pobres, pero para evitar una visión tan economicista del término, Europa en principio pero luego el resto de los países, fuimos reemplazando paulatinamente „Ÿen gran parte„Ÿ los términos pobreza y riqueza por exclusión e inclusión o integración, respectivamente.

Con estos términos se puede percibir que no sólo se habla de un tema económico, sino de un proceso.

Por consiguiente no hablamos de inclusión sólo en términos económicos, sino como un proceso que se asienta sobre tres pilares. El pilar social, en forma de red, que contiene los afectos (grupos, familia, asociaciones civiles, etc.), el pilar gubernamental cuya función es brindar protección social (leyes, subsidios, educación, etc.) y el tercer pilar que se refiere al ámbito productivo más específicamente al trabajo.

Algunos colectivos pueden estar excluidos de los tres pilares. Pensemos, por ejemplo, en las personas con discapacidad que algunas veces se encuentran expuestas a leyes que no se cumplen o protecciones a las cuales no acceden como la educación, algunos otros tienen una historia familiar de abandono, y las estadísticas demuestran que el 80% están desempleados. Seguramente ya habrá adivinado que atravesando los tres pilares, está nuestro sistema de valores.

Por lo tanto, construir el valor social de la inclusión no es una tarea sencilla. La exclusión es un factor estructural por lo tanto la estrategia de inclusión, debe estar en las políticas públicas, en las redes sociales, y también a nivel individual.

Cuando realizábamos la investigación Telecapacitados, aprendimos unos de otros. El grupo era multidisciplinario y trabajaban personas que tenían discapacidad con otras que no. Aunque en este último caso, tal vez la discapacidad sólo sea menos visible o perceptible.

Gracias a este trabajo de investigación aprendimos que los videos deben estar bien explicados para las personas ciegas y al mismo tiempo, subtitulados para las personas sordas, y que las presentaciones en powerpoint no tenían que tener muchas imágenes y mucho menos movimiento, pero sobre todo aprendimos que la inclusión es un valor que cada uno tenía que crear y desarrollar. Hay que pararse en un auditorio reconociendo a los otros, y explicar minuciosamente no solo el tema sino también las imágenes para las personas que no ven y modular los labios correctamente, ubicándonos de frente a las personas sordas. Sería maravilloso que cada uno de nosotros aprendiera el lenguaje de señas como cualquier otro idioma que tenemos interés en conocer.

Dicen que para producir un gran cambio, solo hace falta “una persona”. ¿Seremos cada uno de nosotros personas que decidan ser inclusivas? No es más que eso…, cuestión de tomar una decisión: la de ser personas que abracen a los otros o mejor dicho… que las incluyan.

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